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miércoles, 12 de octubre de 2016

Cosas

El sonido de la lluvia contra los cristales.
Chocolate caliente en una tarde de otoño.
Un abrazo sincero.
Que unas manos cálidas envuelvan las mías cuando las tengo frías.
El olor de la mantequilla cuando se derrite en la sartén.
Pintarme los labios.
El ronroneo de un gato.
Cantar a pleno pulmón cuando estoy sola en casa.
Reír hasta que se me descoloquen las costillas.
Pan recién horneado.
El olor de la noche en verano.
Sentir frío en las mejillas.
Vestir mis zapatos favoritos.
La nieve.
Ayudar a un amigo. O ayudar a alguien, simplemente.
Cuidar a un animal hasta que se recupere y liberarlo después.
Un beso en la sién.
Macarrones con queso.
Ir a la montaña.
La amabilidad de un desconocido.
Encontrar dinero en una prenda que no usaba desde el año pasado.
Hacer reír a alguien.
Tropezar y ser la primera en reír.
Un tazón de cereales. Y huevos fritos, pero los que hace la abuela.
Pedir perdón.
Perdonar.
Comer chucherías.
Los primeros segundos tras despertar.
Intercambiar una mirada de complicidad.
Comprender.
Las voces graves.
Las tormentas.
Carne poco hecha.
Recibir un regalo.
Hacer regalos.
El color azul
El color granate.
El color negro.
Sábanas limpias.
Conducir.
El olor a curry.
Moras.



sábado, 2 de julio de 2016

Shame

Es frustrante. Intentar luchar a cada segundo contra ti misma. Intentar mejorar, sacrificar cada segundo a un objetivo y acabar por caer de nuevo en tu propia naturaleza. Sentir que la voluntad no lo puede todo, que estás abocada al fracaso y a la decepción. ¿Soy mejor que antes? A veces creo que sí, otras veces me vuelvo a sentir como al principio. Intentar mejorar y saber que no avanzo tanto como espero me destroza y me hace infeliz, pero darme por vencida me hace sentir vergüenza de mí misma. Y ese sentimiento sí que no lo soporto. 

miércoles, 23 de marzo de 2016

Insufrible

El cursor parpadea, insistente,
como si esperase algo de mí.
Como si pudiera quebrarme la caja torácica
y verter todas las letras que brotan, desordenadas.
Así de fácil.
La poesía es como un fuego,
y yo soy más de agua.
Siento que cada vez que escribo
peleo con mi alma, con uñas y dientes
y no sé si me ordeno o me desordeno
si me descoso y me hilvano
si me destruyo o me recompongo
si sangro o me curo.

Pero de un modo u otro, el papel tiene hambre de palabras
y es insaciable
Me abate y se come mis entrañas
Así como suena,
la poesía parece repulsiva
afilada
disonante.
Y me destroza.

No sabes lo condenadamente difícil
que se me está haciendo este poema
No sabes la de días que acarrea a su espalda
La de sílabas que se atragantan
Y el goteo de palabras agónicas que se suceden,
como las gotas de un grifo que está roto.
Y te molesta cuando intentas dormir.
Es insufrible.
Es necesario.

Creo que las letras van a acabar conmigo.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Azul...

<<Mira mamá, ¡una chica con el pelo azul!>>

Me sentía azul y se me antojó pintarme la poesía en el cuerpo. Me sentía agua, viento y cielo, y al parecer soy tan cursi como Rubén Darío. Me gustaba tanto el contraste de unas letras negras sobre un folio en blanco que decidí convertir mi piel en papel y mis sueños en tinta. Quería ser una acuarela, una pincelada de color sobre el fondo gris del mundo.

Todo empezó con una mecha morada. Una simple e inocente mecha morada. Acababa de empezar la universidad, estaba en una ciudad nueva que parecía albergar mil oportunidades, y por primera vez estaba lejos del nido. Me sentía exultante, no tenía que rendir cuentas sobre cada uno de mis actos, no tenía que contenerme ni moderar mi manera de ser. Así que lo primero fue una mecha morada. A decir verdad, pasaba bastante desapercibida, pero para mí significó un tremendo acto de rebeldía. Por alguna razón, se me había intentando inculcar que sobresalir es malo, que es más sensato y seguro pasar desapercibido entre la masa. Qué tontería. La virtud está en medio de los extremos, pero también la mediocridad. 

No pasó mucho tiempo hasta que el pequeño mechón morado se me antojó insuficiente. Me teñí casi la mitad del cabello. Ahora que veo las fotos, creo que no me quedaba muy bien, pero me sentí muy valiente al hacerlo. Comencé a darme cuenta de que no me importaba la opinión de los demás. Cada día me sentía más segura, así que me teñí el pelo de morado por completo.
Después vino el cabello rojo. Rojo sangre. Era bonito, pero no sentía que fuera mi color.

El azul llegó en invierno. Me sentí muy extraña al verme al espejo. Era tan raro, tan chocante... La gente me miraba de hito en hito cuando se cruzaba conmigo por la calle. Oía murmullos, a veces de admiración y otras de espanto. Me enamoré perdidamente del azul. Sentía que mis palabras y mis pensamientos eran de ese color. Puede parecer superficial y estúpido, pero pensar que tengo el cabello azul me hace sentir valiente. Me recuerda que tengo que considerar en primer lugar lo que siento y lo que pienso, me recuerda que no tengo que dejarme llevar, que no debo asustarme o intentar satisfacer a los demás. Es una bandera, una declaración de intenciones. Es poesía para los ojos y música para los oídos, por lo menos para los míos. El azul espanta el miedo y me incita a vivir con más intensidad.

Jamás me había sentido tan bien.



domingo, 1 de noviembre de 2015

Velada

Te aparté un mechó de pelo de la frente, pero hiciste una mueca involuntaria de disgusto y decidí dejarte descansar. Al cabo de un par de minutos, tu respiración se acompasó. Siempre me ha maravillado tu facilidad para dormirte tan rápido, supongo que el truco es vivir muy intensamente las horas que uno pasa despierto. Aflojaste las manos y tu expresión se tornó casi beatífica. Parecía que de tu pecho se evaporaban las preocupaciones para dejarte en paz al menos durante unas horas. Me gustaba pensar que yo las recogía mientras te velaba, aunque nunca fui muy ingeniosa para buscar las soluciones, así que por la mañana te las devolvía, un poco enredadas con las mías. Qué curioso, las inquietudes no entienden de matemáticas, y al sumarse parece que se aligeran.

A veces creo que no hay mejor lugar en el mundo que ese espacio entre tu mandíbula y la clavícula. Allí huele a bosque y a miel, a sábanas y a lluvia. Allí es donde coso mis inquietudes a tus lunares y donde resuena el eco de la risa. 

Te tapé mejor con las sábanas y salí de la habitación discutiendo conmigo misma si era una romántica por querer atraparte entre mis letras o una estúpida por pensar que podía intentarlo y salir victoriosa en el intento.

jueves, 29 de octubre de 2015

El mayor error

Recoger las miguitas de pan, una a una,
descosiendo los pasos que en su día trazaste.
Desmembrar los versos en palabras,
las palabras en sílabas,
y al final, quedarte con un no que debiste pronunciar
y con todos los síes que murieron en tu lengua
y te impidieron cometer las locuras de un acierto.

El mayor error
es el temor a equivocarse.

Ahora me escuecen todos los silencios,
páginas y páginas en blanco
y todas ellas colmadas de erratas.

El pasado me nubla la vista
y siento las vísceras henchidas de rabia.
El miedo me vibra en los pulmones
y lo único que quiero es ser fuerte.
Fuerte para pensar con claridad.
Fuerte para sentir con ardor.
Fuerte para reconocer la verdad. 

domingo, 16 de agosto de 2015

En casa

Me crié en la Casa del Miedo, aunque no puedo considerar “mi casa” a un lugar en el que nunca me he sentido a salvo.
No era un miedo intenso, sino velado, pero tan constante que poco a poco todos los inquilinos de la casa nos empapábamos de él, y al final se nos quedaba el espíritu agarrotado de tanto aferrarnos a la protección que brinda el miedo. Era un miedo de pacotilla, que casi daba risa, pero minaba la moral y me sumía en un letargo del que aún hoy en día me cuesta escapar. Se había adherido a mis huesos y sembraba mis pulmones de silencio.

El miedo me hizo torpe, insegura e invisible. El miedo me carcomía por dentro, devorando la espontaneidad y la picardía. No me dejaba replicar ni reivindicarme, e inhibió por completo el sabio sentido de la locura. No se me permitía ser intensa, ni reír a carcajadas, y tenía que medir constantemente mis comentarios. El miedo me mutiló, y yo ni siquiera sabía que me estaba destrozando. Y es que temer por todo no te protege de la vida. Jamás hay que permitir que la prudencia se torne en miedo. 

Ahora vivo lejos de la Casa del Miedo. Mi apartamento es viejo y muy pequeño, y tiene más defectos de los que me apetece enumerar. Es oscuro y recogido, y a partir de las cinco de la tarde apenas entra la luz. Ninguna ventana da a la calle. Los muebles parecen haber sido construidos por un carpintero manco, y los electrodomésticos son tan viejos que duele mirarlos. 

Nunca antes me había sentido tan a salvo como en este lugar. Mi casa. La Casa de las Películas de Madrugada, la Casa de Comer Pasta a Cualquier Hora del Día (o de la noche), la Casa de los Besos en la Cocina. La Casa de los “no te libras de las cosquillas”, y de los "sé que te apetece que demos un paseo".

La casa donde el mundo se reduce a unos pocos metros cuadrados donde cabemos tú, yo y nuestras ganas.

Y un par de gatos.


sábado, 8 de agosto de 2015

Escondida

No sé si alcanzas a imaginar lo preciosa que era. Su mirada solía perderse en algún punto indefinido en el suelo, y cuando alzaba las pupilas para echarle un vistazo al mundo, cada átomo se detenía en un cero absoluto. El tiempo se congelaba durante un segundo infinito.
Me la imagino ahora, con la mirada gacha, apartándose ese mechón de cabello que se ha enamorado de la mitad de su rostro. Cuando estaba nerviosa lo colocaba detrás de la oreja, para volver a liberarlo minutos después. Solía llevar un colgante al cuello, pero hace tiempo que dejó de ponérselo. Aún así, sus dedos encuentran una reminiscencia de él sobre sus clavículas, y a veces lo buscan de nuevo, sin encontrarlo. Entonces frunce el ceño y deja caer la mano a un lado, exasperada.

Le colgaban mil sueños de las pestañas, y cuando pensaba en ellos soltaba un suspiro pesado, como si sus pulmones viviesen encerrados en una jaula muy estrecha. Compartían celda con un corazón un tanto maltrecho, sobre el que habían echado raíces unos árboles centenarios y alguna que otra decepción. 

¿Oíste su voz alguna vez? Ella opinaba que no era demasiado femenina, porque tenía una cadencia grave, como la miel espesa. Te hubiera encantado.

Me gustaría presentártela, pero ni yo misma estoy segura de conocerla. Vive en un rincón de mi caja torácica, y a veces creo que la atisbo bailando entre mis costillas. Casi se hace carne cuando escribo, y la oigo cantar camuflada por el repiqueteo del teclado. La próxima vez que la vea, lo prometo, le daré tu número.


viernes, 24 de julio de 2015

Borrachos de la Luna

Esta noche pienso aflojar las cuerdas.
Es más, pienso cortarlas, con un golpe seco de batería.
Esta noche quiero que la música me baile
y que no me haga falta ninguna copa para sentirme embriagada.
Esta noche quiero que me digas que estoy guapa, aunque sé que te gusta soltarlo cuando no llevó maquillaje.
Quiero reír. A carcajadas, y por tonterías. Quiero que nos olvidemos del alcohol y nos emborrachemos de la Luna. 
Quiero que nos perdamos un rato, y que cuando nos encontremos finjamos que jamás nos hemos visto. Y así podemos enamorarnos otra vez, y te regalo todos los primeros besos que quieras.
Seremos cómplices cuando suene esa canción. Durante esas notas, eres todo mío.
Diles una escusa, la que sea, y nos largamos. Vamos a comernos la ciudad, piedra a piedra.
Esta noche, sólo dejó que tú tenses las cuerdas.

miércoles, 22 de julio de 2015

Cicatrices

Ella era tímida. Tanto que nadie había llegado a conocerla de verdad. Tanto que incluso después de vivir años en el mismo lugar, no sentía ningún centímetro de calle como suyo. Cada vez que cruzaba las puertas de su casa, le parecía que caminaba hacia un lugar extraño, carente de cariño y empatía. No importaba cuantas personas llenasen el local, ella siempre era una extranjera en un país de marionetas. Como suele decirse, ella no encajaba. A los demás les resultaba rara, ¿pero qué esperabas?. Solía mirar la Luna con embeleso, y cuando quería compartir su hallazgo, nadie la tomaba en serio. ¿A quién en su sano juicio le interesa la Luna?
Ella parecía tranquila, pero en realidad bullía por dentro. Sentía con una intensidad de fuego, aunque siempre le parecieron más reales los personajes de tinta que las personas de verdad. Le gustaba estar sola y en silencio, pero cuando nadie podía oírla, arrancaba a cantar. No se le daba muy bien, sin embargo no le importaba. A veces necesitaba hacerlo, expulsar de sus pulmones la pólvora que se le iba acumulando con cada silencio.
Nada le parecía más hermoso que el aparente desorden de la naturaleza, y opinaba que cuanto más hablase una persona, menos interesantes eran sus palabras.
Estuvo sola mucho tiempo.

Él también era tímido, pero resultaba encantador. Fue un lobo, un depredador, y tomaba todo cuanto podía alcanzar. Era un ladrón de besos, aunque todas se entregaban de buena gana. Él vivía de verdad, entre amores fugaces y noches en vela. Nunca le daba tregua al tiempo, porque era suyo para hacer con él lo que quisiera. La desgracia se le había cosido a los talones, nunca podía burlarla mucho tiempo, y al final acabó por convertirse en una vieja amiga. Tenía cicatrices, de esas tan bonitas que dan ganas de besar. Algunas, las más pequeñas, marcaban su piel. Las otras, las grandes, eran heridas del alma.
Las cicatrices son eso, cicatrices. Siempre van a estar ahí, no queda más remedio que aprender a amarlas.

Y ella lo hizo. Cuando le conoció se enamoró perdidamente de sus heridas. De todas, sin saltarse ninguna. De las pequeñas y de las grandes. De las que le marcaban la piel y de las que le perforaban el alma. Ella era torpe, y para ser sinceros, nunca había practicado eso de querer a alguien. Era un poco niña, y entregó el corazón sin reservas. Estaba dispuesta a tener unas cicatrices tan bonitas como las suyas.

Suena algo masoquista, pero yo creo que es bastante bonito.